La historia de cómo un Ford 40 Coupe se transformó en un formidable hot rod… por mis propias manos y las de mi papá.

frankymostro.IMG_9814El que gusta de la historia de la velocidad americana sabe que en la época de la prohibición pululaban los contrabandistas de whisky ilegal, ese que hacían los granjeros destilando maíz, y para entregarlo a los ansiosos consumidores necesitaban autos con enormes cajuelas y un V8 “Flat Head” bajo el cofre. La elección favorita de muchos fue el Business Coupe de 1940 de don Henry, que con algunas modificaciones se escabullía como ninguno de las patrullas de modelo más nuevo, en verdaderas carreras contra la ley a la luz de la luna, pues estos locos apagaban las luces y desconectaban las calaveras de sus autos para que la chota no pudiera seguir sus pasos por los sinuosos caminos de montaña de los años 40. Esta subcultura del hot roddismo se llama por esta razón “moonshine”, y permitió miles de borracheras en los pueblos cercanos a los alambiques de aquel whisky cristalino servido en frascos de conserva o botes de leche.

 

La tarea de convencer a mi Papá para convertir en hot rod uno de sus autos, y más su adorado 40, no fue fácil ya que él como restaurador clásico se negaba como perro a su baño sabatino a modificarlo. Después de varios meses de enseñarle imágenes y contarle historias sobre los famosos “moonshiners” logré un: “estaría bien”, pero fue cuando llegué con el supercargador Weiand en mano -y restregándole el costo- que accedió, con la única condición de no romper con los lineamientos de un hot rod correcto a aquella era.

 

Con el banderazo de aprobación del mero jefe, corrí al centro de salud más cercano, en el cual me recibieron con muchos trabajos mi riñón usado de medio cachete, pero lo que me dieron por él alcanzó para pedir las piezas suficientes para arrancar el proyecto.

 

Lo primero fue adaptar la suspensión de doble horquilla con coilovers sobre el chasis original, el cual también fue reforzado de punta a punta, pues los 85 hp del motor original serían reemplazados por los más de 400 que daría el motor 289 Hi-Po donado por un olvidado Mustang 1966, que si bien era bastante bravo de origen no era suficiente para convencer a mi papá, por lo cual se reconstruyó con piezas de alto desempeño como pistones y bielas forjados, un arbolito callejero, y el ya mencionado blower de tornillo que le avienta 8 libras de presión al Holley 750. Los headers 4 a 1 con diminutos silenciadores Flow Master Super 10 le dan un sonido que haría chillar como nena a James Dean. La caja de cambios Borg Warner de 5 cambios permitió usar un paso 3.73, que deja embarradas en el piso las llantas cara blanca Cooker montadas sobre rines “steelies” 15×8 pintados en rojo como mandan los cánones. Pero no hay de qué espantarse, pues la brutalidad de este muchacho de 73 años es contenida con los frenos Wilwood de 4 pistones adelante y de 2 atrás con bombas independientes.

 

El interior también está apegado al clásico estilo hot roddero, con el cluster de aluminio que aloja instrumentos Stewart Warner, la enorme palanca con todo y calaca verde de cerámica, y las vestiduras negras con ribete rojo que le sacaron canas verdes al tapicero ante las múltiples mentadas, amables modales típicos de mi viejo.

 

La restauración fue laboriosa pues se cuidaron todos los detalles, pero al final, con la improvisación e ingenio del gran Tiburcio, que le da la vuelta sin despeinarse a esos ingenierillos de escritorio que se cuidan el manicure, la asesoría de mi amigo Jorge Vargas, el cual aportó sabiduría, pasión y piezas clave en la restauración, y las propias manos del Ingeniero Jorge de Losada y de un servidor, el “Moonshiner” quedó terminado. El inge pudo ver su amado 40 convertido en un verdadero hot rod antes que me dejara solo con tanto carro, y yo para honrar su memoria lo manejo duro y tupido, como debe ser. Con decirles, Tribu, que ya tuve que cambiarle el clutch…

 

Por Franky Mostro.