Que Dios lo perdone

Les voy a contar la historia de un sacerdote que muy posiblemente habrá sido bueno en su vida, pero que tal vez esté en un rincón del infierno por su mal gusto.

Resulta que dicho religioso inventó al auto de sus sueños. Y es que el padre Alfred Juliano, justo al momento de vestir sotana, ganó una beca para estudiar diseño automotriz con Harley Earl, creador de ideas tan maravillosas como el Cadillac 1959, y el primer Corvette de 1953.

El padre Juliano se consideraba todo un entusiasta de los autos, pero su verdadera obsesión era la seguridad, y su propósito consistía en crear el vehículo más seguro de 1957, justo en la época en que si dos autos chocaban, parecía una pelea de dinosaurios rabiosos.

Obviamente, no le importaba el lujo ni la estética.

El plan era ofrecer el prototipo con el motor que el cliente quisiera, un HEMI, el 390 de Cadillac o uno gigantesco de Buick, que al final fue el que se quedó, ya que Juliano se asoció con GM, seguramente con amenazas de excomulgarlos, pues no encuentro otra explicación lógica.

El auto se llamaría Aurora y el precio que tendría rondaría entre los 12 mil y 15 mil dólares, optimista el padrecito, si vemos que el vehículo americano más caro de la época era el Cadillac Eldorado Brougham, de 13 mil.

El prototipo fue construido sobre un chasís de Buick 1953, el cuerpo del auto era de madera y la mayor parte de la carrocería de fibra de vidrio, con ventanas de plástico alegando que estos materiales eran a prueba de corrosión. Habría que preguntarle a las termitas si estaban de acuerdo.

Tal vez lo único que se le aplaude al clérigo era la jaula antivuelco, el tablero acolchado, la columna de la dirección y el volante colapsable, detalles que hoy en día se siguen utilizando.

El Aurora también tenía una suspensión hidráulica, que servía para levantar el auto y hacerle reparaciones.

Si bien contaba con barras de acero de seguridad para choques laterales, el padre se fue por lo más fácil: poner al conductor y al pasajero casi al centro para que no les llegara el impacto.

No sé si el sacerdote abusaba del vino de consagrar, pero también se le ocurrió poner asientos que giraban sobre su propio eje para hacerte de ladito ante un impacto inminente.

Ya acabado, el padre Juliano manejó su auto por 120 kilómetros para demostrar al mundo su creación y así llegara el patrocinio esperado para fabricarlo en masa.

Sin embargo, el elevado costo y la horripilante apariencia no ayudaron, por lo que el carro fue abandonado en un taller de Connecticut cuando el clérigo se fue a Filadelfia a cuidar a su madre enferma.

En 2005 el coche fue restaurado y actualmente se exhibe en el Museo Hampshire de Inglaterra, para que quede claro todo lo malo que puede hacer el hombre.

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